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Como cada invierno, cuando el mundo cruje un poquito bajo el frío, en algún rincón profundo del universo vuelve a despertar una historia antigua. Una que casi nadie recuerda, pero que siempre regresa con la fuerza de un susurro estelar.

Alguien se despierta encogido y tiritando en su pequeño planeta, como si una campana lejana lo llamara. Y se activa de golpe, igual que cuando se enciende una luz en la oscuridad infinita.

Le llaman Bel.

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Es un viajero diminuto de luz cósmica, una chispa que amplifica lo que siente y convierte cualquier emoción en destello. No recuerda de dónde viene, pero sabe perfectamente adónde quiere ir.

Atraviesa constelaciones como quien se desliza por un tobogán: roza órbitas, guiña el ojo a algún cometa sabio, cruza agujeros negros que usa como atajos secretos y espanta lunas que —a su parecer— duermen demasiado…

Porque es tiempo de volver.

De llegar con el corazón acelerado y los brazos abiertos al lugar donde siempre lo esperan: a ese abrazo mullido que huele a raíces y hogar, a la risa hipercontagiosa e interminable de Oshä.

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Bel se deja llevar por el fluir cósmico y aterriza —más o menos— en su punto habitual (que nunca es el mismo, porque nunca acierta del todo).

Y allí está Oshä: un corazón tan inmenso como la tonelada y media de su cuerpo peludo, con una fuerza desbordada capaz de mover constelaciones solo por sentir demasiado.

Nadie sabe cómo lo hace, pero siempre lo encuentra. Antes de que Bel toque el suelo, lo recoge en un abrazo gigantesco y gira tan fuerte que levanta un tifón de polvo estelar. Una estrella cercana estornuda con fuerza, esparciendo chispas doradas.

Y, amigos… ya está: la fiesta, suavemente, se gesta.

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En el paseo a casa —tropezando con todo lo que se cruza en su camino—, Oshä le cuenta a Bel una idea que ha rumiado desde la última vez:

—Este año seremos nosotros quienes iluminemos el cielo entero —dice con ojos brillantes.

Bel la escucha atento y, animado por la cena y algún sorbo de licor cósmico, de pronto se enciende literalmente. Como buen catalizador, amplifica el deseo al máximo:

—¡Sería una noche espectacular! ¡Ya veo luces danzando por todo el universo!

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Entonces Oshä, orgullosa, saca una hebra de polvo estelar tejida por ella misma —un hilo plateado que pulsa con luz propia— y, sin meditarlo mucho, la engancha en la cola de un cometa que justo pasa por ahí.

Bel, que lo ve venir, reconoce a la Señora Cometa: muy seria, muy jefa del Gran Archivo de Memorias Cósmicas. Vamos, de las que no toleran ni media travesura.

Pero la hebra brilla tanto, que Bel decide ayudar a Oshä.

Y la lían.

Bien parda.

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La Señora Cometa se revuelve airada y, sin querer —o quizá ya cansada—, suelta un chorro de hielo, polvo y roca que había guardado durante eras enteras. Memorias antiguas, fragmentos de principios, semillas de mundos… Todo sale disparado en un torbellino multicolor.

Los planetas, al verse tan expuestos, se marean y giran descontrolados. Las órbitas pierden el paso. Alguna luna, al recordar tiempos lejanos, decide bailar un vals improvisado.

Y entonces el cielo entero se mueve. Frenético. Desacompasado.

Cuerpos celestes chocan sin avisar.

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Trayectorias que jamás debieron rozarse se cruzan. Y estallan luces de todos los colores: fuegos artificiales improvisados que pintan el vacío con rojos, azules y dorados.

Bel está absolutamente fascinado.

—¡Ni soñándolo habría imaginado algo tan increíble! —exclama, con ojos como estrellas.

Oshä, con los ojos muy abiertos y sin respirar, vive uno de esos rarísimos instantes en los que incluso olvida que tiene hambre.

Bel se abraza a su cuello peludo, riéndose nervioso, mientras Oshä permanece congelada, incapaz de parpadear ni cerrar la boca.

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Porque quizá sin querer, todo empieza a ser demasiado: demasiado brillante, demasiado ruidoso y absolutamente nada alegre para el resto del universo.

Hasta que sucede.

Dos planetas, mareados en su propio giro, chocan con un estruendo sordo.

 

Una nube inmensa de escombros incandescentes lo cubre todo.

 

El cielo se oscurece de golpe.

Y se hace el silencio.

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En aquella nube que aún temblaba de caos, apareció Onnã.

Al principio, su presencia arrastraba un enfado antiguo, como si hubiera surgido de la propia sacudida del universo. Su figura se recortó entre el polvo luminoso —alta, envuelta en sombras estrelladas—, seria y poderosa, con el eco del desorden vibrándole en los hombros.

Bel y Oshä se quedaron tiesos. Sabían —o creían saber— que venía una bronca del tamaño de una galaxia.

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Pero entonces Onnã los miró.

Los miró de verdad.

Vio sus ojos enormes de susto, sus manos torpes aún brillantes de buena intención, esa mezcla irresistible de inocencia y travesura que a veces provoca más lío que paz.

Y algo en ella cedió. Un suspiro primero, una grieta en el ceño después, y finalmente una carcajada tan profunda que hizo vibrar constelaciones enteras. Una risa que viajaba como una ola cósmica, deshaciendo tensiones, recordando que ella también había sido caos una vez, que también había querido jugar con el universo.

Entonces cantó. Un canto hondo, como de ballena que conoce todos los mares del cosmos. 
 

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Cuando extendió su manto —un velo negro salpicado de estrellas vivas—, el caos no desapareció: se acomodó. Encontró un lugar donde descansar un instante.

Las chispas calientes del choque empezaron a convertirse en nuevas estrellas: pequeños comienzos de historias aún por escribir, flotando como semillas luminosas.

Onnã las guió despacio, como quien acompaña un reencuentro inevitable, hasta los corazones que las estaban esperando. Recordando sin palabras que cada desorden guarda su propia luz.

Bel y Oshä miraban sin decir nada, como quien descubre que el universo no se rompe nunca: solo cambia de forma, reinventándose en cada giro.

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Oshä, todavía medio temblando, no pudo evitar sonreír y susurrar:

—Mira cuántas estrellas nacieron por nuestra locura…

Onnã no respondió. Solo los envolvió con su manto, invitándolos a descansar bajo aquel cielo recién respirado.

Porque esa noche no cerró ninguna historia. Esa noche se abrió un pequeño umbral hacia infinitos caminos nuevos que viajarían durante meses con sus propias aventuras, hasta que, en otro diciembre, alguien volviera a levantar la mirada al cielo en busca de su propia estrella.

Sin Fin

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